El ocaso de la diosa María Félix

Escrito   ▪  09/04/2012

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¿Cómo era la mujer detrás de la Doña? A diez años de su muerte, María Félix aún no es descubierta

 

A diez años de la muerte de María Félix sabemos de ella lo que ella quiso que supiéramos. Nada más. Esculpió la estatua de sí misma para ser colocada en la plaza pública y la sombra del monumento cubrió su otra vida, tal vez la más valiosa y trascendente. Su mejor actuación artística fue, sin duda, la interpretación de La Doña, labor de tiempo completo tejida entre la admiración y el escándalo en la segunda mitad del siglo XX mexicano.

Disfrutó tanto con el asombro que causaban sus travesuras, matrimonios y divorcios, frases y desplantes, desafíos y venganzas, que dejó escondidos méritos únicos entre las mujeres famosas de nuestra historia.

He escrito en otros Bucarelis algunos episodios de nuestra amistad, anécdotas evocadas con amor de amigos cómplices en aficiones y adicciones gratas como la literatura, la música, la pintura o el teatro. Se podía discutir con la auténtica María si Pére Goriot, que leyó en francés, era la mejor novela de Balzac. Escuchar sus indiscreciones sobre los artistas con los que filmó en París, o las groserías puestas por nombre a sus caballos del Val d¨hiver, evaluar a políticos y sus intimidades, criticar los errores urbanos y los delitos de los poderosos, analizar la psicología de escritores y su obra, gozar de Beethoven como de Gardel, narrar cómo creó la línea de joyería a base de salamandras que los orfebres de Cartier elevarían a obras de arte.

A qué grado era seductora lo prueba el testimonio de Salvador Novo, de ninguna manera proclive a la seducción, en su relato del martes 21 de junio de 1949: “Lo que menos podía esperarme es que en esa fiesta conociera a..., ¡María Félix! Sí, a María Félix, nada menos. Llegó acompañada por Diego Rivera vestida de negro. Es realmente estupenda. Y muy simpática... le dije que qué bárbara; que cómo era. Preciosa. Sonrió. (...) una belleza que no se debe a maquillajes ni a trucos... tengo la impresión de que simpatizamos... me preguntó si iría yo a su casa a ver el retrato que le estaba terminando Diego. Al día siguiente mismo. Claro que acepté ir”.

Novo confiesa: “...dije una impertinencia. No quiero ni recordar cuál fue. Un simple juego de palabras; un inocente juego de los que, sin embargo me han granjeado tantas enemistades... no pareció haber compostura posible”.

No la hubo. María no perdonó.

Anécdotas como esa abundan en el camino recorrido por María en el mapa de una sociedad que la hizo suya y en donde sus cualidades brillaban con el súbito reflejo de un tesoro sumergido.

Diez años después de su muerte, su casa, tan suya, tan como ella, fue desmantelada, sus cuadros, muebles, tapices marfiles y porcelanas son ahora partes de sueño y realidad imposibles de separar. Las cosas fueron frágiles y efímeras; en cambio cada vez se hace más profundo el recuerdo de su presencia fascinante y más sólida la percepción de haber tenido la suerte de convivir con un personaje todavía en busca de autor.

 

El Universal


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